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EL MURALISMO MEXICANO

ARTE PÚBLICO MILITANTE, IMAGINARIO COLECTIVO.

En la actualidad el muralismo mexicano, de ser un arte oficial impulsado desde la institución y aunque no siempre se oficializó como el ejemplo de Orozco, opera desde el otro lado de la moneda y contra viento y marea. Sin perder su espíritu dialéctico-subversivo es un arte público no oficial que sin reconocimiento alguno ha fungido papeles importantes y forma parte de procesos sociales, políticos, de acción, de toma de conciencia, de participación y hasta de educación. La injusticia social, las relaciones sociales de poder, la corrupción y la ambición siguen siendo detonadores, al igual que en otros países latinoamericanos. La persecución política, la amenaza de muerte, las desapariciones forzadas, el asesinato, los presos políticos y de conciencia, las masacres, la represión, la guerra, los desplazados de la guerra, la migración, el narcotráfico, la proliferación de grupos paramilitares, la sofisticación de los sistemas policiacos y de inteligencia en materia de movimientos sociales: en medio de todo este arsenal del gobierno mexicano, el arte público, activista, militante, colectivo y comunitario se sigue desarrollando y buscando discursos plásticos acordes con las distintas realidades en las que actúa, desde el ámbito urbano hasta la periferia e incluso en la periferia de la periferia donde el muralismo colectivo y la gráfica, como vertientes del arte público, siguen siendo efectivos, molestos y hasta peligrosos para elstatu quo.

“El muralismo está muerto” es hoy la frase predilecta de la institución, como si con la muerte de los muralistas mexicanos de las primeras décadas del siglo XX se hubieran enterrado las luchas sociales, transformaciones y propuestas. Ese es el discurso oficial que incluso se profesa en instituciones de educación superior y hasta en niveles de doctorado como en la Universidad Nacional Autónoma de México y que no es más que la sumisa complicidad con las políticas neoliberales del Estado mexicano para exterminar culturas, historia, identidad y borrar de un plumazo nuestra memoria histórica. Es decir, volver a controlar los imaginarios colectivos, para legitimarse en el poder.

Una de las prácticas del “muralismo comunitario” y “muralismo militante” viene de la experiencia en los años sesenta y setenta del siglo pasado con el maestro José Hernández Delgadillo, uno de los precursores(15) que buscaba la integración del espectador a la práctica y la experiencia pictórica monumental de plasmar la realidad política y social circundante y en la que a través del debate se decidía in situ el tema a tratar y la realización de la obra por la comunidad asistente. Murales que nacían en el contexto de la movilización pública y que inmediatamente después eran destruidos por el “servicio de limpia” del gobierno mexicano.

Uno de los problemas que plantea el muralismo militante para el gobierno, es que es el resultado de acciones sociales concretas, trabajo colectivo, activismo político, capacidad organizativa, etcétera, traducidas a los marcos legales son sedición, incitación a la violencia, asociación delictuosa, motín, ataques a las vías de comunicación y hasta daños a la nación. Además de la negación a través del no reconocimiento y la destrucción de la existencia de este arte público y de la identidad misma de quienes lo crean.

Un ejemplo, muy concreto y que recorrió el mundo es el del mural Sna yuum ateletic yuum comoateletic (1998)(16) de Taniperla, Chiapas. Originalmente el proyecto consistía en una serie de carteles que realizaría Sergio Checo Valdez, maestro de Comunicación Gráfica de la Universidad Autónoma Metropolitana, para la celebración del nombramiento de la cabecera municipal Municipio Autónomo Rebelde Zapatista Ricardo Flores Magón. Sin embargo, las comunidades propusieron que se realizara una obra mural de manera colectiva en la casa municipal. El resultado fue un extraordinario mural en el que se juntaron todas las voces y donde las comunidades decidieron el qué y el cómo. Ese mismo día, el Ejército Mexicano entró a reprimir a la comunidad destruyendo la valiosa obra y llevándose presos a varios de sus creadores, entre ellos a Checo Valdez.(17) Afortunadamente, a través de las imágenes fotográficas que se fueron tomando y con el esfuerzo de las bases de apoyo zapatistas, estudiantes, ONG y simpatizantes, se logró rescatar el mural en carteles y sitios web.

Desde el muralismo comunitario en las escuelas de nivel medio, medio superior, técnico, universidades a lo largo y ancho del país, como los murales que ilustran con la historia de sus pueblos, sus propuestas políticas, las escuelas de Atoyac de Álvarez en el estado de Guerrero, y que tienen plasmadas, muchas de ellas, las luchas emprendidas por los maestros Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas y el Partido de los Pobres y que se renuevan cotidianamente en nuevos o viejos muros con nuevas propuestas, nuevas formas, nuevas acciones, resignificando a los muertos y viviendo constantemente con la amenaza constante del terrorismo de Estado. Murales como los emprendidos por colectivos como el Taller de Investigación Plástica, el Taller de Gráfica Monumental, los Productores de Imágenes de Arte Revolucionario, la Escuela de Cultura Mártires del 68, el colectivo Arte en Guerra Contra la Guerra, hasta el recientemente formado Movimiento de Muralistas Mexicanos, que no sólo se limita al ámbito mexicano sino al internacional, compartiendo experiencias y trabajo, desde la propuesta individual hasta la colectiva con muralistas en Argentina, Guatemala, Cuba, Chile, Venezuela, Canadá, Ecuador, Italia, Suiza y Palestina, de los que como testimonio han quedado las obras producto de encuentros internacionales y regionales distribuidas en la calle y centro educativos.

Son un sinnúmero de ejemplos en los que el muralismo militante y comunitario se da cita, por más que la institución le encuentre “peros” a su razón de ser o, en el mejor de los casos, lo niegue. Es un arte público que funciona, que resignifica imágenes y construye nuevas a partir de la realidad social en constante proceso de construcción, que reconoce y se reapropia de símbolos, de historias, de tradiciones y se hace nuevos planteamientos.(18) Pero sin lugar a dudas, lejos de ser un paseo antropológico por una realidad concreta o una terapia psicológica, es un acto colectivo donde la relación y la concepción occidental del artista y el espectador desaparece para fundirse en uno solo, en una sola obra, un solo quehacer y un solo planteamiento, y en donde la política y la estética se estrechan de tal manera que forman un arte completamente trasgresor que forma parte fundamental en los procesos políticos de nuestra historia.

El muralismo mexicano se sigue planteando y operando como un arte público muy eficiente al incidir políticamente en la esfera social, y, por tanto, dentro de la complicidad de la institución y gobiernos ilegítimos o traidores de izquierda o de derecha; carece de fundamento o legitimación. En este sentido, es importante que un arte público militante, comunitario y activista como el muralismo sea analizado desde todas sus partes y posturas, desde la institución, desde el centro a la periferia con sus recalcitrantes discursos sobre “progreso”, “vanguardia” y su legitimación pequeñoburguesa.(19) Y así, buscar los mecanismos que puedan contrarrestar el empecinamiento del Estado mexicano de destruir por completo nuestros imaginarios sociales y mitos fundacionales que pretenden desvincular y desenraizar a nuestros pueblos de sus legítimas luchas sociales y sus identidades.

Autor: POLO CASTELLANOS
ARTISTA PLÁSTICO

Fuente: http://discursovisual.net/

Bibliografía

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Notas

1. Suzanne Lacy, “Hacer arte público como memoria colectiva, como metáfora, y como acción”, en Pilar Riaño Alcalá et al., Arte, memoria y violencia. Reflexiones sobre la ciudad, Medellín, Corporación Región, 2003, p. 34.

2. Ibidem, pp. 32-34.

3. Nina Felshin, “Pero ¿esto es arte? El espíritu del arte como activismo”, en Paloma Blanco, et al., Modos de hacer, arte crítico, esfera pública y acción directa, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2001, p. 85-86.

4. Ibidem, p. 74.

5. Félix Suazo, “Para una redefinición de lo político en las prácticas de creación contemporáneas”, Curare núm. 16, México, julio-diciembre, 2000.

6. Véase Michel Foucault, El nacimiento de la biopolítica, México, Fondo de Cultura Económica, 2005.

7. Eliades Acosta Matos, Imperialismo del siglo XXI: las guerras culturales, La Habana, Casa Editora Abril, 2009, p. 9.

8. Véase Imannuel Maurice Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo: una introducción, México, Siglo XXI, 2006.

9. Lucy R. Lippard, “Mirando alrededor: dónde estamos y dónde podríamos estar”, en Paloma Blanco, op. cit., p. 61.

10. Ibidem, p. 66. Yo agregaría también el contexto político, que es determinante en las relaciones sociales. Es importante señalar que el texto de Lippard fue escrito en 1995 y que no pierde vigencia más de quince años después.

11. Bronislaw Baczko, Los imaginarios sociales, Buenos Aires, Nueva Visión, 2005, pp. 11-12.

12. Ibidem, p. 17.

13. Ibid., p. 20.

14. Enrique Florescano, Imágenes de la patria a través de los siglos, México, Taurus, 2006, pp. 72 y 73.

15. Gustavo Chávez Pavón, “En la pintura mural mexicana una experiencia en Do mayor”,Crónicas, núm.12, México, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, octubre, 2006, p. 161.

16. Sna yuum ateletic yuum comoateletic en Tzeltal quiere decir “casa comunitaria de todas la comunidades”; al mural también se le conoce como Mural mágico.

17. Luis Adrián Vargas Santiago, “Discursos y militancia en imágenes: los murales zapatistas en Chiapas”, Crónicasop. cit., pp. 24 y 25.

18. Cristina Híjar González, “Zapatistas: lucha en la significación”, en El arte y los debates sociales. Imágenes en guerra. Memoria del segundo Encuentro de Investigación y Documentación de Artes Visuales, México, Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas, Instituto Nacional de Bellas Artes, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2007, p. 244.

19. El hecho de que el muralismo no esté legitimado en su concepción histórica, no quiere decir que no exista. Bajo el cobijo de la institución, artistas oficiales salen a las calles o al espacio público a monumentalizar su individualismo con estampas abstractas y decorativas y cuya única función es la decoración del mencionado espacio público. Que no está mal, pero hay que estar conscientes de que eso de ninguna manera es arte público. Yo le llamo decoración de exteriores.

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